La Cucaracha

10/Octubre/2008

Una vez había un hombre que vivía solo. Era periodista. Trabajaba en un diario desde las seis de la mañana hasta la medianoche. Cuando terminaba de trabajar salía del diario; caminaba unas cuadras; comía en un restaurante y después iba a un bar a tomar cerveza. Al amanecer regresaba a su casa. En su casa –era un pequeño departamento– no tenía un solo mueble; ni cama tenía, ni una silla en que sentarse. Había unos clavos en la pared en donde colgaba el saco, el pantalón y la camisa. Dormía en el suelo. En invierno o cuando hacía frío se envolvía en una frazada.

Le gustaba tomar cerveza. Todo el día tomaba cerveza: a la mañana, a la tarde, a la noche. Siempre llegaba a su casa con dos o tres botellas de cerveza.

Una madrugada, cuando se acostó en el suelo para dormir, vio a una cucaracha que salía de un agujero del zócalo. La vio caminar, detenerse y acostarse cerca de su cabeza.

Esto pasó varias veces. Una vez, cuando la cucaracha salía del agujero del zócalo, tomó la tapa de una botella de cerveza y la puso a su lado, y allí se acostó la cucaracha.

Al día siguiente el hombre llegó más temprano a su casa. Traía un poco de algodón: lo desmenuzó y le hizo una cama en la tapa de la botella de cerveza para que durmiera la cucaracha.

El hombre se acostó como siempre en el suelo. Vio salir a la cucaracha del agujero del zócalo: caminar y subir para acostarse en la cama que le había hecho en la tapa de la botella de cerveza.

Al otro día el hombre fue a trabajar. Estaba muy contento. Salió del diario. Iba silbando por la calle. Llegó al restaurante, comió, y después fue al bar a tomar cerveza. Se encontró con un amigo y le dijo:

–Ya no estoy solo. Cuando me acuesto, una cucaracha sale de un agujero del zócalo y viene a dormir a mi lado.

El amigo se rió.

–¿Cómo sabés que es la misma cucaracha? –le preguntó–. Tu casa debe estar llena de cucarachas.

–No, la conozco. Es la misma –respondió el hombre.

–¿Serías capaz de hacer una prueba?

–Sí. ¿Qué hago?

–Le arrancás una pata a la cucaracha. La dejás renga. Y si al día siguiente ves a una cucaracha renga que viene a dormir a tu lado, es entonces la misma cucaracha.

El hombre llegó a su casa. Se desvistió. Colgó en los clavos el saco, el pantalón y la camisa. Se acostó. La cucaracha salió del agujero del zócalo. Caminó y cuando iba a subir a la cama para acostarse, el hombre tomó a la cucaracha con el pulgar y el índice de la mano izquierda, y con el pulgar y el índice de la mano derecha, le quebró una pata y se la arrancó. Tiró la pata y puso a la cucaracha en su cama.

La cucaracha durmió: pero el hombre no pudo dormir. Vio el sol, la mañana. Él, tendido en el suelo, y la cucaracha a su lado dormida. Después la vio despertar, caminar renga y meterse en el agujero del zócalo.

El hombre se levantó, se vistió y salió. Ese día tomó mucha cerveza. Llegó al diario a las seis y media. Trabajó hasta después de medianoche. Fue al restaurante; comió. Fue al bar. Llegó a su casa. Se acostó. Vio salir a una cucaracha renga del agujero del zócalo. La vio llegar, subir y acostarse en la cama de algodón que él le había hecho en la tapa de una botella de cerveza.

Es la misma –se dijo el hombre–. Yo sabía que no estaba solo.

Pero no pudo dormir. Vio el sol, la mañana. Vio cuando se despertó la cucaracha. La vio caminar renga y meterse en el agujero del zócalo.

A la madrugada siguiente volvió la cucaracha. Llegó caminando lentamente y se acostó al lado del hombre.

El hombre no podía dormir. Miraba dormir a la cucaracha. Estaba desnudo, sentado en el suelo, tomando cerveza. Tomó una botella, dos, tres botellas de cerveza. Sintió el sol en los ojos, la mañana.

La cucaracha se despertó. Bajó de la cama. Caminaba arrastrándose y se metió en el agujero del zócalo.

Y no volvió nunca más.

Javier Villafañe
La cucaracha

El anciano sin memoria

18/Agosto/2008

Estaba con una mano en la frente y a cada pregunta que hacían los amigos bajaba la cabeza, cerraba los ojos para mirar más lejos y respondía:

-No, no recuerdo.

Y de pronto, dijo:

-Ustedes recuerdan todo. Debe ser tremendo. Yo no recuerdo nada. Estoy como si naciera mañana.

Javier Villafañe
El anciano sin memoria
El gallo Pinto y otros poemas

La foto no es mía. Es de Spreader y la obtuve de la siguiente dirección http://www.ojodigital.com/foro/sociales/217079-peinando-canas.html. Me tomé la libertad de recortarla.

Vivíamos en el campo

Vinimos a la ciudad

cuando el maíz no crecía

y un ave cantaba allá.

La tierra ya no nos daba

lo que queríamos ganar

para hacer dinero entonces

vinimos a la ciudad.

La tierra ya no importaba

vinimos a la ciudad

buscando dinero y fama

que no pudimos ganar.

Arco Iris
Los campesinos y el viajero (canción)— 2:18
Sudamérica o el regreso a la Aurora, 1972

Borges

12/Marzo/2008

Moriré realmente el día que muera el último que me recuerde.

Jorge Luis Borges

LiberARTE 2

13/Mayo/2007

La víbora

Durante largos años estuve condenado a adorar a una mujer despreciable,
sacrificarme por ella, sufrir humillaciones y burlas sin cuento,
trabajar día y noche para alimentarla y vestirla,
llevar a cabo algunos delitos, cometer algunas faltas,
a la luz de la luna realizar pequeños robos,
falsificaciones de documentos comprometedores,
so pena de caer en descrédito ante sus ojos fascinantes.
En horas de comprensión solíamos concurrir a los parques
y retratarnos juntos manejando una lancha a motor,
o nos íbamos a un café danzante
donde nos entregábamos a un baile desenfrenado
que se prolongaba hasta altas horas de la madrugada.

Largos años viví prisionero del encanto de aquella mujer
que solía presentarse a mi oficina completamente desnuda,
ejecutando las contorsiones más difíciles de imaginar,
con el propósito de incorporar mi pobre alma a su órbita.
Y, sobre todo, para extorsionarme hasta el último centavo.
Me prohibía estrictamente que me relacionase con mi familia.
Mis amigos eran separados de mí mediante libelos infamantes
que la víbora hacía publicar en un diario de su propiedad.
Apasionada hasta el delirio no me daba un instante de tregua,
exigiéndome perentoriamente que besara su boca
y que contestase sin dilación sus necias preguntas,
varias de ellas referentes a la eternidad y a la vida futura,
temas que producían en mí un lamentable estado de ánimo,
zumbidos de oídos, entrecortadas náuseas,
desvanecimientos prematuros
que ella sabía aprovechar con ese espíritu práctico que la caracterizaba
para vestirse rápidamente sin pérdida de tiempo
y abandonar mi departamento dejándome con un palmo de narices.

Esta situación se prolongó por más de cinco años.
Por temporadas vivíamos juntos en una pieza redonda
que pagábamos a medias en un barrio de lujo cerca del cementerio.
(Algunas noches hubimos de interrumpir nuestra luna de miel
para hacer frente a las ratas que se colaban por la ventana.)
Llevaba la víbora un minucioso libro de cuentas
en el que anotaba hasta el más mínimo centavo que yo le pedía en préstamo;
no me permitía usar el cepillo de dientes que yo mismo le había regalado
y me acusaba de haber arruinado su juventud,
lanzando llamas por los ojos me emplazaba a comparecer ante el juez
y pagarle dentro de un plazo prudente parte de la deuda,
pues ella necesitaba ese dinero para continuar sus estudios.
Entonces hube de salir a la calle a vivir de la caridad pública,
dormir en los bancos de las plazas,
donde fui encontrado muchas veces moribundo por la policía
entre las primeras hojas del otoño.
Felizmente aquel estado de cosas no pasó más adelante,
porque cierta vez en que yo me encontraba en una plaza también
posando frente a una cámara fotográfica
unas deliciosas manos femeninas me evendaron de pronto la vista
mientras una voz amada para mí me preguntaba quién soy yo.
Tú eres mi amor, respondí con serenidad.
Ángel mío, dijo ella nerviosamente,
permite que me siente en tus rodillas una vez más!
Entonces pude percatarme de que ella se presentaba ahora
provista de un pequeño taparrabos.
Fue un encuentro memorable, aunque lleno de notas discordantes;
me he comprado una parcela, no lejos del matadero, exclamó;
allí pienso construir una especie de pirámide
en la que podamos pasar los últimos días de nuestra vida.
Ya he terminado mis estudios, me he recibido de abogado,
dispongo de buen capital;
dediquémonos a un negocio productivo, los dos, amor mío, agregó,
lejos del mundo construyamos nuestro nido.
Basta de sandeces, repliqué, tus planes me inspiran desconfianza,
piensa que de un momento a otro mi verdadera mujer
puede dejarnos a todos en la miseria más espantosa.
Mis hijos han crecido ya, el tiempo ha transcurrido,
me siento profundamente agotado, déjame reposar un instante,
tráeme un poco de agua, mujer,
consígueme algo de comer en alguna parte,
estoy muerto de hambre,
no puedo trabajar más para ti;
todo ha terminado entre nosotros.

Nicanor Parra
Poemas y Antipoemas

Exvoto

24/Abril/2007

A las chicas de Flores

Las chicas de Flores, tienen los ojos dulces, como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino, y usan moños de seda que les liban las nalgas en un aleteo de mariposa.

Las chicas de Flores, se pasean tomadas de los brazos, para transmitirse sus estremecimientos, y si alguien las mira en las pupilas, aprietan las piernas, de miedo que el sexo se les caiga en la vereda.

Al atardecer, todas ellas cuelgan sus pechos sin madurar del ramaje de hierro de los balcones, para que sus vestidos se empurpuren al sentirlas desnudas, y de noche, a remolque de sus mamás -empavesadas como fragatas- van a pasearse por la plaza, para que los hombres les eyaculen palabras al oído, y sus pezones fosforescentes se enciendan y se apaguen como luciérnagas.

Las chicas de Flores, viven en la angustia de que las nalgas se les pudran, como manzanas que se han dejado pasar, y el deseo de los hombres las sofoca tanto, que a veces quisieran desembarazarse de él como de un corsé, ya que no tienen el coraje de cortarse el cuerpo a pedacitos y arrojárselo, a todos los que les pasan la vereda.

Oliverio Girondo

Veinte poemas para ser leídos en el tranvía

Viernes 3 A.M.

7/Abril/2007

Natalia:
te hago una confesión, yo sí he pensado en el suicidio. Pero he
pensado en el suicidio, no en suicidarme. Bueno, sí he considerado
suicidarme, pero lo he considerado como una acción futura y no como una
acción inmediata.
¿Cómo es esto del suicidio programado?¿Qué son estos inventos míos? Te
explico:
1) Hasta el día de hoy pienso que el único motivo que podría llevarme al
suicidio es ese cosquilleo (como un hormigueo), en el estómago, que siento
en situaciones de nervios. ¡Por favor!, ¿por qué tanto lío por un simple
hormigueo?. No Naty, te aseguro que no es un simple hormigueo, es un
hormigueo (ya de por sí bastante molesto) que aumenta al aumentar mis
nervios y como te imaginarás mi estado nervioso aumenta aún más al aumentar
el hormigueo. Es lo que se llama una realimentación positiva (tal vez el
término sea demasiado técnico, pero me parece un buen concepto). Y son estos
estados de realimentación justamente, los que hacen que el suicida decida
matarse. Si algún ruido, una imagen o cualquier otra cosa hiciese volver en
sí, al futuro suicida, seguramente varios de ellos estarían hoy con vida.
¿Acaso no tirarían horrorizados el arma, si la bala no saliese, al sentir el
ruido del gatillo?
2) Naty, siempre quise morir a los treinta y tres (33) años. Esa edad
siempre me atrajo. De chico sabía que a esa edad había muerto Cristo, Bob
Marley, El Che, Hendrix, Jim Morrison, Van Gogh y otros tantos. Era una edad
de la cual no todos pasaban. Pero más tarde fui enterándome que varios de
los personajes anteriores no murieron a los treinta y tres (33), sino que
vivieron unos cuantos años más y entonces, de a poco, esa edad fue perdiendo
su encanto.

(*) “Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto, no me suicido.
Apenas se desvanece la musiquita que nos echó a perder los últimos momentos
cerramos los ojos para dormir la eternidad, empiezan las discuciones y las
escenas de familia.
¡Qué desconocimiento de las formas! ¡Qué carencia absoluta de compostura!
¡Qué ignorancia de lo que es bien morir!”

PD: No tomes esto a la tremenda. Son sólo reflexiones. ¿Reflexiones sobre el
suicidio?¿Qué estás tomando Miguel? Hace un rato quisiste inventar el
suicidio programado, ¿ahora querés patentar el suicidio reflexivo?¿Naty, no
te parece paradójico o tal vez irónico esto de reflexionar sobre el
suicidio?

(*) Espantapájaros 11 (fragmento). Oliverio Girondo

miguel

Acerca de Malvinas

7/Abril/2007

JUAN LÓPEZ Y JOHN WARD

Les tocó en suerte una época extraña.

El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los catógrafos, auspiciaba las guerras.

López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.

El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte.

Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.

Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.

El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.

Jorge Luis Borges

Los Conjurados

Ghetto

7/Abril/2007

“Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.

Luego vinieron por los judíos y no dije nada poque yo no era judío.

Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada poque yo no era sindicalista.

Luego vinieron por los católicos y no dije nada poque yo era protestante.

Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada”.

Martin Niemöller

 

En enero de 1946, los representantes de la iglesia Confesionaria se reunieron en Frankfort para debatir su reconstitución. Una vez más, Niemöller subió al púlpito, pero dió un sermón muy diferente.
Primero (y en esto hablaba por muchas personas), detalló las excusas que dió para no alzar la voz:

“Sí, Hitler atacó a los comunistas, pero ¿no eran ateos y revolucionarios?

Y sí, aniquiló a los incapacitados y los enfermos, pero ¿no eran una carga para la sociedad?

Y claro, agarrar a los judíos era deplorable, pero ¿los judíos no son cristianos, verdad?

Y lo de los países ocupados era una lástima, pero por lo menos eso no ocurrió en Alemania ¿no es cierto?

Ninguna excusa justificaba todo eso”- reiteró.

Dijo: “No podemos negar (la necesidad de expiación) con la excusa de que ‘me habrían matado si hiciera algo’.

Preferíamos mantener silencio. Está absolutamente claro que no somos inocentes y me pregunto una y otra vez: ¿qué habría pasado si en el año 1933 ó 1934, 14.000 pastores protestantes y todas las comunidades protestantes de Alemania hubieran defendido la verdad hasta la muerte? Si hubiéramos dicho: ‘No es correcto que Hermann Göring simplemente meta en campos de concentración a 100.000 comunistas para que mueran’. Puedo imaginar que tal vez 30.000 ó 40.000 cristianos protestantes habrían muerto, pero también puedo imaginar que habríamos salvado a 30 ó 40 millones de personas, porque eso es lo que el silencio nos costó”.

gueto11.jpg

 

LiberARTE

7/Abril/2007

“A QUIEN LEYERE:

Si las páginas de este libro consienten algún verso feliz, perdóneme el lector la descortesía de haberlo usurpado yo, previamente. Nuestras nadas poco difieren; es trivial y fortuita la circunstancia de que tú seas el lector de estos ejercicios, y yo su redactor”.

Jorge Luis Borges

Fervor de Buenos Aires

(introducción)

 

“No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretenden seducirme!”

Oliverio Girondo

Espantapájaros 1

(fragmento)

 

“De la observación de la irreductibilidad de las creencias últimas he sacado la mayor lección de mi vida. Aprendí a respetar las ideas ajenas, a detenerme ante el secreto de las conciencias, a entender antes de discutiir, a discutir antes de condenar. Y como estoy en vena de confesiones, hago una más, quizás superflua: detesto con toda mi alma a los fanáticos”.

Norberto Bobbio

Italia Civil

(fragmento)